
Era un cumpleaños. Estaban en una cocina. Había cervezas. Hasta ahí, todo normal. El problema fue que en algún momento de la noche, en vez de hablar de lo que habla la gente en los cumpleaños, se pusieron a hablar de mercado.
El pádel estaba creciendo a una velocidad ridícula. El tenis siempre había sido grande. Y la ropa técnica disponible era cara, genérica, o las dos cosas a la vez. Nadie lo estaba haciendo bien desde adentro. Nadie chileno, al menos.
Ahí nació la idea. No en una oficina, no con un PowerPoint, no con un estudio de mercado de 80 páginas. En una cocina, con cervezas, a una hora que probablemente no era buena hora para tomar decisiones.


Querían algo chileno. Algo que no fuera un puma, un cóndor, o cualquier otra cosa que ya tenía marca. Buscaron. Pensaron. Descartaron.
Y entonces llegaron a la parina — el flamenco chileno. Un animal del norte de Chile que vive en salares a más de 4.000 metros de altura, en condiciones donde prácticamente nada más sobrevive. Y él, ahí, de color rosado, sin inmutarse.
Algo en eso los representaba. La idea de hacer algo extraordinario en condiciones que no son las ideales. Que se puede tener calidad, color y carácter — incluso cuando el entorno dice que no se puede.
Los Tíos Flamingo tenían ideas. Muchas ideas. Demasiadas ideas. Una vertiente enmarañada, caótica, y entusiasta de ocurrencias que iban en todas direcciones al mismo tiempo.
Kimu llegó a poner orden. No porque ellos se lo pidieran — sino porque alguien tenía que hacerlo. Trajo una mirada nueva, una visión femenina que faltaba, y la capacidad de tomar ese caos creativo y convertirlo en algo que tuviera dirección.
Desde que se sumó, Flamingo dejó de ser "dos amigos con una idea buena" y pasó a ser una marca de verdad. No es menor. Es, probablemente, la mejor decisión que tomaron los tíos — aparte de la de las cervezas.
Cada producto lleva el nombre del ecosistema donde vive la parina. Flores, lugares, animales del norte. No es solo un nombre bonito — es de dónde venimos.
Y lo esperábamos bastante difícil. Pero acá seguimos. Con un producto que nos enorgullece, en las canchas que nos gustan, con colores que no le piden permiso a nadie. Si llevas puestos unos Flamingo, ya sabes a qué me refiero. Si no hay mejores, corta.
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